España invierte más que nunca en salud: El verdadero desafío está en cómo se decide

Más presupuesto, más ciencia y más innovación no garantizan mejores resultados si el sistema no revisa cómo toma decisiones, cómo contrata y cómo protege a quienes las ejecutan: los hospitales.

 

Por Ehab Soltan

HoyLunes — España acaba de dar una señal clara: la salud es una prioridad estratégica. El Consejo de Ministros ha aprobado destinar más de «152 millones de euros a la Acción Estratégica en Salud 2026», un incremento cercano al 40 % respecto a 2018, consolidando una tendencia de crecimiento sostenido de la inversión pública en investigación biomédica y sanitaria. El mensaje político es nítido: más ciencia, más innovación y más capacidad para que los avances lleguen del laboratorio al hospital y, de ahí, a la ciudadanía.

Sin embargo, cuando el foco se desplaza del anuncio presupuestario al funcionamiento real del sistema, surge una pregunta menos cómoda y más necesaria: ¿cómo se están tomando hoy las decisiones en el sistema sanitario español?

Porque invertir más no siempre equivale a decidir mejor.

La sanidad como sistema de decisiones, no solo de buenas intenciones.

El sistema sanitario suele analizarse en términos de gasto, cobertura o resultados clínicos. Mucho menos se habla de su «arquitectura de decisiones»: quién decide, con qué margen, bajo qué reglas y en qué tiempos.

Cada euro público asignado implica una cadena de decisiones previas: qué investigar, qué priorizar, qué contratar, qué esperar. En sanidad, estas decisiones no son abstractas. Se traducen en diagnósticos más rápidos o más tardíos, en tecnologías que llegan o no llegan a los hospitales, en profesionales que se incorporan o se pierden.

Un ejemplo cotidiano —y casi invisible— lo ilustra bien: un hospital identifica una tecnología diagnóstica que reduciría semanas de espera, pero el procedimiento de contratación exige plazos y requisitos pensados para escenarios estables, no para innovaciones que evolucionan cada año. La decisión no se rechaza; **simplemente se retrasa**. Y en sanidad, retrasar también es decidir.

Organismos internacionales llevan años advirtiendo de ello. La OCDE subraya que los sistemas sanitarios más resilientes no son necesariamente los que más gastan, sino los que «gobiernan mejor sus decisiones», especialmente en contextos de innovación acelerada y presión demográfica.

Cada innovación empieza en una mesa donde alguien debe decidir.

Contratación pública: el punto donde todo se tensa

En este contexto, la «contratación sanitaria pública» se convierte en uno de los ejes más sensibles del sistema. España avanza hacia una nueva regulación que, previsiblemente en 2026, «limitará determinados modelos de colaboración público-privada». Al mismo tiempo, la Estrategia Nacional de Contratación Pública 2023-2026 y los programas de salud de vanguardia exigen innovación, transferencia de conocimiento, agilidad y capacidad de adaptación.

Aquí aparece una tensión que hoy es más aguda que nunca. No solo por razones normativas, sino porque «2026 concentra expectativas, reformas y límites al mismo tiempo»: más inversión, más exigencia de resultados y menos margen para fórmulas flexibles que hasta ahora permitían absorber el riesgo tecnológico.

No es una contradicción ideológica, es una «tensión estructural»:
¿cómo combinar control, equidad y transparencia con la necesidad de responder rápido a un conocimiento médico que se renueva a gran velocidad?

Un dilema real, no teórico

Para un hospital, la decisión puede ser tan concreta como esta: «comprar una tecnología de alto coste que quedará obsoleta en dos años», o apostar por un modelo de renting o actualización continua que la normativa actual dificulta. Ninguna opción es neutra. Ambas tienen implicaciones clínicas, económicas y legales. Y, sin embargo, el marco de decisión no siempre acompaña esa complejidad.

La contratación no es solo un procedimiento administrativo. Es el lugar donde se decide si una innovación se incorpora, si un proyecto se retrasa o si una oportunidad se pierde. Y es ahí donde los hospitales se sitúan, a menudo, en una posición compleja: responsables últimos del impacto clínico, pero con márgenes de decisión cada vez más estrechos.

Decidir en sanidad también desgasta, aunque no aparezca en las estadísticas.

El hospital, en el centro de todas las decisiones

El hospital contemporáneo ya no es solo un espacio asistencial. Es, al mismo tiempo, «centro clínico, nodo de investigación, organización compleja y actor administrativo». En él confluyen políticas públicas, expectativas sociales, avances científicos y límites normativos.

Para los gestores y profesionales que intentan innovar, esta convergencia no es abstracta. Supone un desgaste cotidiano: decidir con más información que nunca, pero también con más miedo al error formal; asumir responsabilidades clínicas directas, mientras el espacio para decidir se reduce.

Cuando una decisión se retrasa o se complica, no lo hace en abstracto. Afecta a equipos sanitarios, a investigadores y, en último término, a pacientes con nombres y apellidos. Por eso, cada vez más expertos coinciden en que reforzar el sistema sanitario no pasa únicamente por aumentar presupuestos, sino por «mejorar los marcos de decisión y los espacios donde esas decisiones se piensan».

Pensar la salud sin ruido: una necesidad pendiente

En un entorno tan sensible, no todo espacio de reflexión es válido. El debate sanitario suele oscilar entre la confrontación política y la comunicación institucional cerrada. Entre ambos extremos queda un terreno poco explorado: el análisis sereno, público y riguroso de cómo se decide la salud.

Pensar mejor no significa decidir más lento, ni asumir menos riesgos. Significa «decidir con más datos, con mayor seguridad jurídica y con menos miedo paralizante». Significa, en última instancia, que las decisiones contribuyan a reducir cuellos de botella tan visibles para el ciudadano como las listas de espera, donde cada retraso administrativo se traduce en tiempo de vida suspendido.

Quizá ha llegado el momento de abrir espacios editoriales donde hospitales, gestores y profesionales puedan reflexionar en voz alta —sin consignas y sin propaganda— sobre los dilemas reales del sistema. No para cuestionar su legitimidad, sino para fortalecerla.

Porque proteger el sistema público de salud no consiste solo en financiarlo. También implica dotarlo de «inteligencia colectiva, lenguaje común y capacidad de decisión consciente».

Cuando una decisión se retrasa, la espera se convierte en política pública.

Fuentes consultadas

Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades
[https://www.ciencia.gob.es]
OCDE – «Health Systems Governance»
[https://www.oecd.org/health]
Estrategia Nacional de Contratación Pública 2023-2026
[https://www.hacienda.gob.es]
Observatorio Europeo de Sistemas y Políticas de Salud
[https://eurohealthobservatory.who.int]

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